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miércoles, 10 de abril de 2013

Adolfo Cácees Romero reaparece en Los Tiempos para referirse al principio proclamado por Chile "la victoria da derechos" y a la réplica boliviana al libro "El Derecho de Conquista..." rebatido por Rufino de Elizalde


“Bosque de espumas talado.
Mar encontrado y cedido.
Tu caracol rescatado
zumba de nuevo en mi oído”.
“Patria de sal cautiva”,
Óscar Cerruto 
El mar nunca dejó de pertenecernos. Siempre formó parte de nuestro ser; por eso lo evocamos constantemente. Desde niños soñamos con él; lo añoramos y cantamos su ausencia, pero nunca lo damos por perdido. Ahora, después de 134 años, nuestro reclamo saldrá al mundo, en busca de justicia en un foro que consideramos respetable e idóneo para juzgar nuestra causa. Veamos algunas consideraciones que deben ser tomadas en cuenta, especialmente por los justificativos que expone el usurpador, amparándose en el “derecho de conquista”.
A raíz de la publicación en Buenos Aires de “El Derecho de Conquista y la Teoría del Equilibrio en la América Latina” (1881), libro de Santiago Vaca Guzmán, se armó una polémica que fue sostenida precisamente por Vaca Guzmán, refutando las críticas de Rufino de Elizalde, redactor de “El Constitucional” periódico de la capital argentina —entre el 28 de febrero y el 21 de marzo de 1882—. Elizalde criticó los juicios de Vaca Guzmán —quien condenaba la agresión chilena, en base a datos históricos de relevancia—, justificando el derecho de conquista, con una serie de argumentos que luego fueron brillantemente rebatidos por nuestro connacional. Es lamentable que ese libro, a todas luces esclarecedor, sea desconocido no sólo por los historiadores bolivianos, sino también por los políticos e intelectuales del país. Lo comenté, con cierta amplitud, en el IV volumen de mi “Nueva Historia de la Literatura Boliviana”, que la Editorial Kipus entregó en la Feria del Libro de Cochabamba, el año pasado.
Nadie se pronunció al respecto, por su novedoso enfoque, a pesar de que hice llegar algunos ejemplares a varios escritores y periodistas del país. De todos modos, pienso que el libro de Santiago Vaca Guzmán se halla en el archivo nacional de Sucre y debería ser reeditado, para llegar a los hogares de los estudiantes bolivianos.
Elizalde dice en una parte de sus críticas: “La conquista no es un derecho, no hay duda, pero es un hecho que funda un derecho y los hechos no se discuten, se imponen”. Así fue y, al parecer, todavía es; luego Elizalde añade: “Los Estados de América no han renunciado nunca a producir el hecho de conquista, como fuente de derecho. Los Estados Unidos lo han producido y otras naciones de Norte de América se han sometido a este rigor (alude la anexión de Texas, en perjuicio de México; Guantánamo, en Cuba; el canal de Panamá, que luego fue devuelto a su dueño, etc.). “Ninguna nación americana protestó por la aplicación del hecho de conquista”, dice Elizalde, para concluir con: “La Inglaterra ha conquistado inicuamente las Islas Malvinas, territorio argentino, sin que tampoco se haya asociado al despojo ninguna nación a secundar su protesta”.
Veamos algo más de lo que argumentó ese reportero argentino: “Si Chile consigue anexiones de Bolivia y Perú, el mutismo universal ha de consagrarlas./ El remedio no está ya en desconocimientos postreros, que no tendrían base, aunque se hiciesen, no producirían efecto./ Bolivia y Perú tienen que salvarse con sus propios medios o sucumbir. En el último caso, la reacción ha de venir de los efectos de la conquista”.
Duro trance el que ahora nos toca afrontar. Desde luego que los tiempos han cambiado; sin embargo, muchas anexiones todavía continúan vigentes. Santiago Vaca Guzmán, con la obra que mencionamos, nos muestra que este historiador jamás perdió la fe en la justicia; de ahí que debemos guiarnos por su voz, que no fue lanzada para ser desestimada por olvido o ignorancia. Paso a paso nos revela cómo trabajó Chile, desde 1840 adelante, para despojarnos nuestro extenso Litoral. No es sólo la mierda de los pelicanos lo que despertó su ambición, sino la inmensa riqueza que encierran las minas y salitreras existentes en los 120.000 kilómetros cuadrados que nos arrebataron, sin contar la riqueza de las aguas marinas. Para ello, primero sonsacó a Melgarejo y consiguió penetrar en el suelo que ambicionaba. Desde luego que se fue armando con ayuda de Inglaterra, país perito en anexiones. No le fue difícil justificar su zarpazo, cuando supo que Bolivia se hallaba más indefensa que nunca. El año anterior, o sea 1878 (ver la prensa de entonces, especialmente “El Litoral de Antofagasta” y “El Industrial”), la sequía, las epidemias (especialmente la peste), la hambruna por la falta de recursos y fuentes de trabajo; el empobrecimiento del Estado a raíz de la caída de la plata en el mercado mundial, le llevaron al presidente Daza a exigir el pago de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado por las compañías chilenas que trabajaban en las costas bolivianas.
Su resistencia a dicha imposición y consecuentemente el embargo de esas empresas, fue el detonante para que Chile, el 14 de febrero de 1879, ocupara militarmente el puerto de Antofagasta; luego Tocopilla, Mejillones, Calama, que fue el único lugar donde encontró resistencia, con la inmolación de Eduardo Abaroa. Así se dio el despojo y nunca más pudimos sentir el vaivén de las olas del mar ni contemplar el vuelo de las gaviotas.
Gracias a la buena voluntad de Juan Cristóbal Soruco, director de este prestigioso matutino, contamos con el presente espacio que, desde luego, nos ha resultado limitado, teniendo en cuenta lo mucho que podemos decir, especialmente respecto al papel que desempeñaron algunos de los protagonistas de este trágico pasaje de nuestra historia; asimismo, a la luz de nuevos documentos, nos impulsa el deseo de esclarecer algunos hechos, para finalmente analizar la imposición del Tratado de Paz de 1904, que el Gobierno de Piñera lo considera definitivo e intocable.
El autor es escritor

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