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jueves, 21 de junio de 2012

Juan José Toro de la redacción de Los Tiempos presenta a dos personajes del espectro latinoamericano para explicar "la imbecilidad del Canciller Moreno" sobre la reivindicación boliviana


Sheldon Lee Cooper es un físico teórico nacido al este de Texas, en los actuales Estados Unidos. Trabaja en el California Institute of Technology, tiene un coeficiente intelectual de 187 y memoria eidética; es decir, con capacidad de recordar cosas oídas y vistas con un nivel de detalle casi perfecto. Es un ególatra insoportable, porque sabe que es un genio, y desprecia las ciencias sociales. Para él, la Historia no es una ciencia ni tampoco otras disciplinas del saber humano como la Geología.
Andrés Oppenheimer es un periodista nacido en Buenos Aires, Argentina. Como muchos periodistas, originalmente estudió otra carrera, Derecho, aunque obtuvo una maestría en Periodismo en la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Es editor para América Latina de The Miami Herald y ganador de varios premios internacionales de periodismo, incluidos el Ortega y Gasset del diario El País de España y el Pulitzer, que lo obtuvo compartido en 1987.
Entre Sheldon Cooper y Andrés Oppenheimer existen dos similitudes: ambos son genios en sus respectivas áreas de trabajo y desprestigian a la Historia como ciencia. Pero mientras Cooper es un personaje ficticio que sólo existe en la serie televisiva “The Big Bang theory”, Oppenheimer es un periodista cuya opinión pesa en todo el continente.
Autor de libros como “Crónicas de héroes y bandidos” y “Cuentos chinos”, el Forbes Media Guide lo calificó como uno de los 500 periodistas más importantes para Estados Unidos, mientras que la revista Poder lo incluyó en la lista de las 100 figuras más poderosas de América Latina.
Sheldon hace reír y Andrés mueve tapetes. Por ello, lo que publicó en su último libro, “¡Basta de historias!”, causó comezón en todo el continente.
Desde su subtítulo, “La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro”, Oppenheimer cuestiona a la Historia.
“Mientras los comunistas chinos estaban cambiando sus libros de texto para enfatizar valores como la competitividad y la innovación —dice—, en Venezuela el presidente Hugo Chávez estaba aprobando una ley para introducir la ‘Educación Bolivariana’, que cambiaría todos los libros de texto para resaltar las ideas del héroe de la independencia venezolana”.
Sí. Es malo detenerse en el pasado y no proyectarse al futuro pero Oppenheimer no dice en su tan bien respaldado libro que la historia en la que los latinoamericanos están tan embobados no es más que la narración de hechos descritos a la conveniencia de los poderosos de turno y, en virtud a ello, se ha tergiversado a lo largo de los años.
El ejemplo más elocuente es, precisamente, Hugo Chávez. Él ha convertido al héroe de la independencia venezolana, Simón Bolívar, en el ícono central de su “revolución bolivariana”, de su “socialismo del siglo XXI” sin tomar en cuenta que el Libertador fue una de las figuras más conservadoras del Siglo XIX. Su ideología era más bien monárquica y la reflejó en la Constitución que escribió para Bolivia a la que introdujo la figura de la presidencia vitalicia. Es más, el mismísimo Carlos Marx lo desnudó en ese sentido en el artículo “Bolívar y Ponte” que escribió para el New American Cyclopedia.
Lo que pasa es que los políticos instrumentalizan la Historia y la usan como mejor les conviene. Convierten la Historia, con mayúscula, en historias o cuentos chinos. Así, y sólo así, se explica que políticos tan cultos como el canciller chileno Alfredo Moreno desciendan a los niveles más bajos de la imbecilidad al decir que Bolivia pretende que Chile le regale un pedazo de su territorio, ignorando 133 años de una Historia que sigue siendo una herida abierta en el centro de nuestro continente.
El autor es periodista
www.columnistas.net

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